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San Sebastián impugna la Capitalidad Cultural de Córdoba

El fallo del jurado para el nombramiento de la Capital Europea de la Cultura 2016 finalmente adjudicada a Córdoba ha sido fuertemente contestada desde todos los sectores sociales españoles, pero especialmente por las autoridades de las ciudades rivales perdedoras hasta el punto de que el ayuntamiento de una de ellas, San Sebastián, ha decidido impugnarlo. De escándalo monumental, ha declarado a la prensa el portavoz municipal donostiarra, cabe considerar el que el jurado haya elegido a una ciudad, cuyo proyecto se basaba en el fomento de los valores de tolerancia, democracia y paz, esté ahora gobernada por un partido, el PPildu, en cuyos genes y actitudes actuales se encuentran claramente la exclusión, la exaltación del fascismo y el fomento de la conflictividad social. Y que usen la capitalidad para fomentarlos.

Las pruebas que los impugnadores han presentado son muchas, desde la alineación de los munícipes cordobeses contra la libertad matrimonial, la denegación del derecho al propio cuerpo y la enajenación de los bienes públicos, entre otros. Pero la definitiva recae en el nombramiento de un concejal que viene demostrando desde hace años su pertenencia a la ralea de intelectuales justificadora del genocidio franquista, exculpadora de la Iglesia Católica como organización criminal a lo largo de toda su historia y denigradora pertinaz del pasado islámico de la ciudad. Un representante genuino de la base ideológica del partido. Un perfecto portavoz de la ultraderecha de raíz nacionalcatólica.

Un personaje así no puede hacerse cargo de una concejalía de la Capital Cultural Europea de la Cultura, ha declarado el hispanista británico Norman Sunderland. Estas cosas sólo pasan en el único país en el que la derecha usurpa el espacio de la ultraderecha y reivindica su pasado franquista –sin complejos, como la animó el funesto Caudillo Aznar en plena postransición-, se declara orgullosa de haber ganado la guerra llamada falsamente “civil” contra los demócratas y no ha hecho examen de conciencia sobre su pasado fascista.

Por su parte Hilari Rovirosa, catedrático de Simbología Fascista de la Pompeu Fabra, ha analizado los últimos artículos publicados en ABC por el flamante concejal del casco histórico y escribía en su blog hace unos días:

Es evidente en toda su producción pero sobre todo en los dos últimos artículos publicados en ABC una voluntad de reinvidicar el franquismo como régimen legítimo y necesario. Es sencillamente revelador el que este hagiógrafo de alcaldes fascistas y turiferario de un obispo de ideas racistas y criminales utilizara el 75 aniversario del golpe de estado frustrado y devenido en masacre para seguir expresando, en el primero de los dos artículos, Córdoba entre dos fechas: 1236 y 1936, su rechazo a condenar la violencia como medio de lucha política del hecho fundacional, ese golpe de estado de julio del 36 perpetrado por un grupo de militares africanistas con la colaboración de un par de partidos fascistas, la totalidad de la alta burguesía cortijera  y parte de la industrial y la Iglesia Católica, contra La República –un estado constitucional legalmente constituido- con el expreso fin de evitar la cristalización de las reformas sociales y políticas igualitarias y democráticas que venía llevando a cabo y que atentaban contra sus milenarios privilegios de casta.  Lo atroz, lo delictivo, porque roza la apología del terrorismo, es afirmar que en aquel genocidio no hubo buenos y malos, que en la masacre devenida del golpe fueron tan culpables los que disparaban como los que caían en las fosas, porque “eso significa que los verdugos se impongan a las víctimas” en Córdoba y España. A las víctimas enterradas por miles en aquellas fosas comunes en las que “cristianamente” los arrojaron los hijos más militantes de la Iglesia Católica. El equivalente sería decir que los judíos polacos se resistieron también antes de ser gaseados o que las víctimas del genocidio argentino o la de los bosnios de Srebrenica fueron tan culpables como los milicos o los generales serbios que los eliminaron.

Pero, heredero de la poética pemaniana – como “Pemancito de la Campiña” lo conocen sus paisanos- no lo hace prosaicamente, sino que echa mano al tropo heroico, al mesianismo inscrito en las cifras, de comparar dos fechas, dos héroes, nuevo Plutarco, “Vidas Paralelas”- dos liberadores que para él parecen representar dos cambios de sentido positivo de la historia de esta ciudad, el rey FERNANDO III y FRANCO, uniendo las dos fechas veraniegas de 1236 y 1936, no sólo por su coincidencia numérica y estacional, sino sobre todo por su significado doblemente fundacional del naci-onalcatolicismo: la conquista de Córdoba a Al Andalus, una conquista a sangre y fuego de un estado soberano, y el comienzo del Alzamiento, un golpe de estado contra un gobierno legítimo. Lo llama así, “Alzamiento”, como lo llamó canónicamente la propaganda franquista, siempre flanqueado por sus alabarderos el “Glorioso” y el “Nacional”, en lugar de golpe de estado con voluntad original genocida (Mola y Queipo dixerunt). Especialmente enternecedor es el detalle de que se alegre de que sólo hubiera dos muertos en la ciudad, ambos de la banda de los golpista con derecho a nombrar calles céntricas por 45 años, y silencie cuidadosamente los 4.000 demócratas que les sucedieron, sin ni siquiera el derecho a ser recordados con una lápida en un cementerio. Ambas fechas suponen un golpe de muerte a la existencia de espacios de tolerancia religiosa e ideológica y la imposición de un catolicismo excluyente y mortífero para los disidentes. Es especialmente inquietante su afirmación de que “el aniversario de 1936 trae ecos de violencia, venganza, intolerancia y totalitarismo. También una lección a recordar y analizar en el sentido de porqué España llegó a esa tragedia colectiva”. “Esa lección a recordar” se presenta así como una especie de aviso de un militarista vocacional, rendidísimo admirador por ejemplo del sembrador de calamidades Gonzalo Fernández de Córdoba, El Gran Capitán, toda vez que la violencia, la venganza, la intolerancia y el totalitarismo fueron los ejes del genocidio programado de demócratas llevado a cabo por los nacionalcatólicos, de quien él se considera orgulloso heredero. “Si volvéis a ser malos vendrá el tío Fascio de nuevo con la correa”, parece poder leerse en esa advertencia.

No menos embustera y venenosa es su versión, en la vía de los historiadores del naci-onalcatolicismo español (Pío Moa, César Vidal, etc.), que de los últimos meses de la República expone en el segundo y repugnante artículo, adjuntado en la impugnación, titulado Córdoba y la primavera trágica de 1936. Si no fuera porque historiadores académicos y no académicos de la talla internacional de Ángel Viñas, Santos Juliá, Paul Preston, etc. especialmente éste último en su ya imprescindible El Holocausto español, han dejado claro a nivel estatal, y Francisco Moreno (El genocidio franquista en Córdoba), a quien tiene la desvergüenza de citar, en lo local, tras sistemáticos e impecables estudios que las justas e imprescindibles reformas de la República para convertir a España en un país normal, pese a los vaivenes propios de la época y que también se reflejaron en las demás democracias burguesas europeas, se desarrollaban con total normalidad y que fueron los futuros golpistas y genocidas, imitando estrategias que llevaron al poder al nazismo alemán y al fascio italiano, sus modelos ideológicos, los que llevaron a cabo una eficacísima campaña de desestabilización del estado y sus instituciones mediante atentados y continuas provocaciones de su matonismo organizado, leyendo ese libelo cualquiera podría imaginar un caos absoluto provocado por la impericia, la intolerancia y la esencia criminal de la República. El problema es que mucha, mucha gente lo que consume sin criterio es esta bazofia filofascista, y no está dispuesta a someter sus ideas al contraste con productos intelectuales debidamente acreditados, fruto de estudios serios y contrastados. Y que estos sujetos de la órbita de la pseudohistoriografía piomoana, como ocurriría en países que han alcanzado un mínimo ajuste de cuentas con su pasado reciente y no tan reciente, deberían estar penando multas, o directamente cárcel en caso de contumacia, por la apología de regímenes criminales, genocidas o adulteradores de la memoria histórica colectiva. Pero sólo con que cualquier persona decente se parara a considerar los lazos cooperativos que unieron a los promotores del golpe y el hecho innegable de que  sus modelos fueron el nazismo alemán y el fascismo italiano, absolutamente condenables y condenados por la ética contemporánea, bastaría para conducirlos a la repugnancia.

En definitiva, una auténtica vergüenza que un tipo con esos mimbres haya sido elegido para gestionar el casco histórico de la ciudad que ostentará el título de Capital Cultural Europea de 2016 y por lo tanto una auténtica vergüenza que el jurado no lo hubiera tenido en cuenta. La mano del partido al que pertenece y que probablemente ganará las próximas elecciones generales está sin duda detrás de ese tongo que cantó el austriaco Gaulhofer, después de que lo pusieran en Córdoba ciego de salmorejo, de fino de moriles y de sensuales, voluptuosos y lascivos bailes locales con la más irresistible de las hembras de la tierra.

Por su parte el antropólogo valenciano, especialista en simbología del nacionalismo excluyente, Mamerto Escuredo, se despachaba a gusto en las páginas de la revista Anales Maurófobos con el concejal cordobés, al que llamaba conspicuo nacionalista católico. Lo realmente chocante, escribía, es que la candidatura cordobesa hiciera referencia continua al Paradigma de la Tolerancia que se dio en el califato y alguien desde dentro del Ayuntamiento se dedique a denigrar la memoria de ese paradigma. La afirmación regurgitada sistemáticamente por el nacionalcatolicismo cordobés de que Al Andalus fue una sociedad culta pero integrista choca no menos sistemáticamente con las evidencias comparativas. Una vez implantado el catolicismo en España, antes y después de Al Andalus, no hubo una época en la que la libertad de credo no estuviera tan garantizada por los poderes políticos como la andalusí. En ningún momento de la historia la España oficialmente católica se acercó ni siquiera mínimamente al grado de tolerancia que se dio en Al Andalus, especialmente en la época omeya. Todo lo contrario: es la crueldad casi continua de que dieron muestra los católicos empoderados a lo largo de los siglos la que convierte a Al Andalus por contraste en el paraíso de la tolerancia y la libertad de conciencia. La Inquisición y los inescondibles genocidios culturales y físicos de judíos, moriscos, protestantes, gitanos y librepensadores lo dicen todo. Por ejemplo, siempre acusan a los almorávides de talibanismo, sin parar en mientes que con los almorávides pudo desarrollar su pensamiento Averroes, con algunos problemas es cierto, pero que se debieron más a envidias profesionales que a cuestiones de ortodoxia religiosa. En la Universidad de París, católica, unos años después se prohibieron sus obras, pero en España en el siglo XVI hubiera sido directamente quemado por la Inquisición. Pero es demasiado doloroso para esta gente admitirlo. Por eso echan también siempre mano al asunto de los considerados por ellos santos mártires del siglo IX, terroristas suicidas mozárabes que, precisamente frustrados por la tolerancia islámica oficial, se dedicaban a blasfemar en las mezquitas buscando que la aplicación de la ley cayera sobre ellos y envenenar así la convivencia de las comunidades. El emir y el obispo tuvieron codo con codo que parar aquella locura fanática que amenazaba la convivencia de todo un pueblo.

Como les es doloroso admitir que la mayoría de sus fortunas familiares son fruto del robo y el saqueo por derechos de victoria de guerra, y que sus padres y sus abuelos participaron más o menos activamente en uno de los genocidios más brutales ocurridos en el mundo en el siglo XX.

Pero deberían mirarse en el espejo de las derechas más o menos civilizadas europeas. En la alemana, en la italiana, en la francesa, que fueron capaces de condenar las brutalidades que sus antepasados tanto ideológicos como biológicos perpetraron sin que se les cayeran los anillos del poder. Y simplemente seguir a lo suyo natural, lo propio de las derechas normales: el saqueo de lo público para engordar los beneficios de unos pocos, sin tener que arrastrar el pesado fardo de la justificación de un genocidio.

Patxi Txalaparta, dueño de un bar en el casco antiguo de San Sebastián, fue mucho más directo: lo único que demuestra lo que ha pasao, declaraba mientras servía unos zuritos, es que el mundo está en manos de descerebrados o de gente muy canalla, la hostia. Imagine que la capitalidad se la hubieran dao a un ayuntamiento de aquí gobernao por Herri Batasuna. La que se hubiera armao, joder, cagodiós.

Manuel Harazem

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